Isaías 5. "Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó, la descantó, y plantó buenas cepas; construyó en medio una atalaya y cavó un lagar. Y esperó que diese uvas, pero dio agrazones." No son pocas las veces en la vida en las que en lugar de encontrar uvas en nuestra viña, nos tropezamos con agrazones. No, no son pocas. Los agrazones son, según el diccionario, esos racimillos que hay en las vides, que nunca maduran. Y, familiarmente, se suelen considerar como agrazones los enfados y los disgustos de la vida. Mucho sufrimiento nos viene a todos, tanto en la vida familiar, como la social, como en la política, como en la eclesial, con agrazones que nos disgustan, nos enfadan e incluso, algunas veces, nos encolerizan. Pensad un poco y veréis como la vida cotidiana está llena de agrazones. Muchos de ellos son frutos maduros de nuestra inmadurez, de nuestra falta de aprendizaje para la vida, de nuestros estancamientos psicológicos o económicos, de nuestros infantilismos o nuestras adolescencias no concluidas. Cuántas decepciones paternas, cuántas decepciones de los que mantienen el deseo de que todo funcione bien en la vida común, en la vida del pueblo.
Son muchos los que trabajan a destajo para que los demás sean felices, y se encuentran con personas que lo que les muestran es su desagrado o sus insultos. Lo vemos también en los padres o cocineros que preparan la comida con dedicación, tiempo y esmero, y, a cambio, no tienen una sola palabra agradable, de gratitud o laudatoria por parte de los comensales. Lo vemos en las tareas educativas. Lo vemos en la labor de los que se emplean en tareas de voluntariado, que tantas veces reciben sopapos o pescozones. Lo vemos en la dureza de la vida de los obreros, que han de reventarse y sudar, y de qué manera, sus vidas, para recibir un salario irrisorio o el desprecio de los capataces o, incluso, el de la misma gente.
Se ve también en la vida de la Iglesia. Generalmente somos poco agradecidos con aquellos que se entregan, que buscan cada día el bien, la paz, la concordia, el diálogo, la formación, el camino de una espiritualidad adulta, la generosidad, o un reparto equitativo de tareas y de decisiones. Vemos cómo triunfan, en exceso, los mediocres, los más vocingleros, los que no tienen nada que decir o aportar, los descarados, los grises, los desvergonzados, los que ansían el poder, los que ridiculizan a los santos, los falsos, los hipócritas, los envidiosos, los que se conocen las artimañas o frecuentan los círculos de poder…
Salmo 79. "¿Por qué has derribado su cerca para que la saqueen los viandantes, la pisoteen los jabalíes y se la coman las alimañas? ¡Qué gran pregunta! ¿Por qué suceden estos exabruptos? ¿Por qué se dan tantas injusticias, tantas decepciones? ¿Por qué hay tanto infantilismo no sanado, tantos derechos pisoteados? ¿Por qué tanto dolor provocado, tanto saqueo en la vida de los pequeños, de los pobres, de los humildes, de los buenos? Nos lo preguntamos. Y la solución puede ser enrabietarse y aumentar aún más la desazón, los fiascos, las desilusiones, o las maldades. No hemos de ‘devolver mal por mal o insulto por insulto’, dice Jesús. No hemos de provocar más violencia en nuestros ambientes. Es suficiente la que recibimos.
Filipenses 4. "Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús." No dejes nunca de confiar en el poder del bien. Al contrario, ante los agrazones, ora, reza con el corazón, aprende de las fragilidades, busca el bien en todo momento, no te pongas nervioso, mantén una paciencia activa en favor del bien, como la tuvo Cristo Jesús camino del Calvario. Sólo así tu oración tendrá respuesta, tu confianza será recompensada, tu amor entregado acabará poniendo notas diferentes a la vida. Y la paz de Dios te sorprenderá y te sobrepasará con amplitud. Es cuestión de creer y de unir voluntades que confíen en el poder del bien, en el poder del Señor y de su Reino. Al final cosecharás buena uva y obtendrás un buen vino. Pero has de aprender a esperar en medio de la noche y de las contradicciones, que son propias de nuestra naturaleza.
Mateo 21: "Y Jesús les dice: '¿No habéis leído nunca en la Escritura: 'La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?" Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos." Ojo con esta revisión de Jesús. No has de dejar de pensar positivamente. La piedra desechada por este mundo puede ser la piedra angular para el Reino de Dios. Otro mundo se abre ante ti, cuando te pones en conexión con Dios y cuando te abres a la bondad que está inherente en el corazón del hombre. También inherente en el corazón de los hombres, compañeros de la vida, a los que puedas considerar como verdaderos agrazones. Dios hace milagros patentes. Has de creer en la fuerza de la amistad y del encuentro entre los hombres. Y apostar por un modo amistoso de vivi
La humanidad entera está esperando, como les sucede a muchos pobres y violentados de este mundo, el resurgimiento de unas mujeres y unos hombres nuevos y confiados en el poder del bien. Entre ellos creo que te encuentras tú. Rézalo en el silencio de tu corazón esta semana, y rumia con fe la Palabra que se te ofrece. Y hazlo con tu comunidad. Y si no tienes comunidad búscala o recréala en el seno de la Iglesia. Apuesta fuerte por el Señor del bien. Eso es recrear el Reino de Dios

Antonio García Rubio. Vicario Parroquial de la Parroquia de San Blas. Madrid.

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