Tú y yo nos hemos preguntado a veces por el tipo de cristianos que necesita el siglo XXI. Hechos 6: “Escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea; nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra”. Miremos con imaginación, y conscientes de nuestra fragilidad. La Iglesia y la humanidad necesitan gente nueva, de buena fama, no ligada a los grupos de poder corrompidos; gente humilde, valiente, ardorosa y llena de Espíritu¸ hermanos que destilen bondad y desparramen la sabiduría de la humildad; hijos de Dios llenos de la juventud de Cristo, forjados en la meditación y en la sincera espiritualidad; persona probadas en la justicia, en la fraternidad y en el servicio. Mujeres y hombres de comunión, capaces de olvidarse de sí y de embarrarse por amor al hombre, al pobre y a los últimos.
Algunos nos dirán que somos unos soñadores, y no les faltará razón. ¿A qué nos suenan las palabras del santo Evangelio al proclamarlas en las celebraciones? ¿A qué nos invitan cuando las contrastamos con la triste realidad de algunas parroquias, comunidades, instituciones, o con la vida rutinaria de clérigos, laicos o religiosos? Ojalá que nosotros, cristianos pequeños, seamos capaces de aclarar nuestras aguas tristes y de comenzar a soñar de nuevo junto al Resucitado.
La madre Iglesia requiere nuevos hijos. Pide mujeres y hombres libres, honestos, espontáneos, limpios de corazón, deseosos de que su vida se confunda, en su entrega y servicio, con los amados hijos de Dios que esperan aturdidos, heridos y esparcidos por pueblos, ciudades, extrarradios, arrabales y periferias. No necesita a los interesados que pretendan sacar tajada o lucrarse, ni a esos que aman la buena vida o aspiren a ella. Que no se entremetan los vendedores de humo o los que pretenden imponer un orden o una seguridad, que nada tienen que ver con el Evangelio. Venid, por el contrario, los cansados de este mundo injusto, los que habéis dejado de creer en mentiras. Venid los que apuntáis hacia un mundo donde quiere instalarse la primavera del buen rollo, del amor, de una felicidad pequeña, pero para todos. Venid los que no andáis en mafias o grupos de poder. No hacen bien los aguan la fiesta fraterna de la fe y la vida. Venid los agobiados por sistemas injustos que crean afecciones y desafecciones. Mirad que lo hago todo nuevo. Creed. Confiad. Amad. Servid. Diaconad. Sed madres unos para los otros. Lavaos los pies unos a otros. Cuidaos los unos a los otros.
Pedro 2: “Acercándoos al Señor, piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo.” Estamos llamados a vivir una espiritualidad nueva en este siglo despiadado y loco; y, a la vez, una vida que sea eterna, capaz de destilar la mejor tradición de la historia cristiana, bellamente sugerida y concentrada en el entorno, aún viviente, del Concilio Vaticano II. Es la espiritualidad que ha de sustentar a estas mujeres y hombres necesarios, imprescindibles, que están germinando. Lo caduco es caduco. ‘Vino nuevo en odres nuevos’ es lo que necesita la Iglesia para el gran día, para el nuevo renacer de la fe en el siglo XXI. Hombres y mujeres que anhelen prioritaria y urgentemente la comunión. Entrando como piedras vivas ‘en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo’.
Abre el corazón al anhelo de la casa común, compartida por una multitud de hermanos unidos, como una sola familia, en torno al Señor, la piedra viva y rechazada. Andamos necesitados de unidad y de comunión más que de comer. Una Iglesia no diaconal, no humilde servidora y no entrañablemente unida, no sirve para el fin de la reconciliación y la misericordia. La Iglesia, por mandato de Jesús, ha de mantenerse unida, y estrechando cada día más los lazos de unidad con el resto de las Iglesias cristianas. Y así mismo, generosamente abierta al resto de la humanidad que, desde el alma común en la que hemos sido creados, y desde la rica experiencia de caminos religiosos diferentes, nos mantenga unidos en el Padre nuestro, y con un latir común.
Juan 14: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.” No estamos huérfanos. Somos hijos. No carecemos de identidad. Cristo nos la da. Tenemos en quien mirarnos. Tenemos un modelo a seguir: Cristo Jesús. Él es el camino. Él la meta. Él forma parte de nuestro actuar, de nuestro caminar, de la disciplina de nuestro vivir. Si vivimos, lo hacemos para Él. En Él hemos de movernos. Él es el mar en el que nos bañamos. Ese mar es la Trinidad santa, en la que habitamos y por la que nos sentimos habitados. En la Trinidad encontramos la verdad que nos devuelve un nuevo modo de ser y de vivir. En ella entramos por los sacramentos vivos y por la meditación, que es camino continuado y disciplinado, fundamentado en el nombre de Jesús.
Ella, Yolanda, es una mujer joven y frágil. Madre de tres hijos pequeños. Trabaja en una empresa. Y su marido la ha abandonado para irse con otra. Pero ella no se separa ni de día ni de noche del Nombre de Jesús. Lo repite, y cada vez que siente perderse, se torna a Él y se deja arrullar. Se mantiene en Él. Sirve a los pobres en Cáritas con sensibilidad extrema. Medita por la mañana y por la noche. Cuida a sus hijos con esmero. Tiene tiempo para los amigos con quien gusta compartir. No pierde los encuentros de su comunidad. Sus hijos siempre la acompañan. Siente en sus venas el anhelo de la comunión. No se deja arrastrar por el desaliento ni los desprecios. Es una de esas cristianas que están alumbrando el siglo XXI. Dios bendiga a tantas mujeres admirables y creyentes. Y haga florecer su Iglesia con semejantes ‘cristianos-luz’.

Antonio García Rubio, párroco de Nuestra Señora del Pilar en Madrid

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