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La experiencia de los Eejercicios Espirituales vivida en el mes de enero fue un tiempo de mucha Gracia en el que pude revisar mi vida y mi historia acompañada muy de cerca por Dios, Padre de amor y bondad, que con inmenso amor, cuidado y cariño y mucha paciencia me ha acompañado a los rincones más profundos de mi ser. Nada más empezar me llevó a recordar cuánto soy amada y quiera por Él. Un tiempo en el que experimenté la fuerza transformadora del amor. Sentí que el principio y fundamento de mi vida se encontraba fundado en el amor incondicional que Dios tiene por mí, incluso antes de nacer. Este amor, que me acompaña y me acoge a pesar de todas las limitaciones y fragilidades. Amor que me invita a amar y a perdonar a todas las personas en la misma medida en que yo soy amada y perdonada.

 

Siguiendo la dinámica propuesta en los Ejercicios y sostenida por el Amor de Dios pude, entonces, entrar profundamente en la experiencia del mal y el pecado. Fue duro reconocer que habiendo sido creados en libertad, los seres humanos abusamos de la misma y rompemos con Dios. Siento que hemos cometido el grave pecado de la autosuficiencia y de la ingratitud por querer vivir por nuestra cuenta, dejando de lado a Dios y su amor por nosotros. Sentí también que el pecado de la autosuficiencia, sumado al pecado de la negación de Dios y de su amor es la causa de todos los pecados, de todos los males del mundo y del ser humano. Y, a pesar de todo esto, Dios continúa creyendo y apostando por la humanidad. Nos sigue llamando a seguirlo, a permanecer con Él para construir juntos un mundo de paz y solidaridad

 

Al Padre, al Hijo y al Espíritu que nos acompañan cada día, que sufren por ver que los caminos que escogemos muchas veces nos distancian de Él, llevó todas las quejas y cansancios de la humanidad. Así, me ví delante de la Trinidad que contempla el mundo y al ser humano en el mundo. Les digo que estamos cansados y cuánto necesitamos de alguien que nos enseñe el camino, caminando con nosotros. Entonces, el Hijo, joven e impetuoso se ofrece, se encarna en nuestra humanidad y nuestra historia. Nace como muchos niños de su tiempo y del nuestro: pobre y marginado. Experimenta la dura realidad de ser inmigrante y de no tener donde reposar la cabeza. También experimenta y promueve la solidaridad en entre los más sencillos. Devuelve la esperanza y la certeza de que Dios no se olvida de sus hijos y hijas.

 

Veo el camino de crecimiento interno y externo de Jesús, que en la vida cotidiana va buscando descubrir el deseo de Dios para su propia vida. Desea vivir con sentido. Percibo, entonces, que, para crecer y madurar de verdad, el ser humano necesita preguntarse. Jesús se cuestiona, pregunta a sus padres sobre qué es ser feliz. Y estos, con alegría y sencillez le explican que ser feliz es buscar y encontrar la voluntad de Dios para la vida y vivir según esta voluntad. Jesús crecerá con esta certeza. Y en esta búsqueda deja la casa paterna. Va en busca de la felicidad, que solo encontrará haciendo la voluntad del Padre, realizando la misión para la que fue enviado: enseñar el camino hacia Dios Padre, caminando con la humanidad. Mostrar el rostro misericordioso del Padre que  ama a todos sus hijos e hijas y que a todos desea reunir

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Me siento totalmente identificada y encantada con el modo que Jesús tiene de hablar de la vida y de Dios. Un modo tranquilo y bonito. Habla de un Reino de los Cielos que acoge a todos y todas . Tiene un modo único de llamar a cada persona a seguirlo. Mira a cada persona con respeto y admiración. Me mira y una vez más me llama a seguirlo. Al principio pongo excusas, pero disfruto de estar con él aunque sea para negarme. La llamada es para ir y permanecer a su lado para siempre. Y como tantos hombres y mujeres somos enviados en misión. Vivir y sentir la realidad del otro, principalmente las realidades de mayor sufrimiento y pobreza, donde la vida está amenazada. Nos envía a anunciar lo que Él mismo anunciaba: el amor incondicional de Dios y su misericordia infinita. Y en el partir el pan y los dones, en que cada uno es invitado a ofrecer lo que tiene, ofrezco mi propia vida para que el Señor disponga de ella si es para su Mayor Gloria y el bien de los prójimos.

 

“Tener parte conmigo es asumir mi destino”. Me dice eso en la última cena que hicimos juntos, cuando sin que entendiésemos, Jesús la lava nuestros pies, Él estaba de un modo más real diciendome que seguirlo implica momentos de dolor y sufrimiento. Implica cruz. ¿Cómo puede ser tanta injusticia, tanta mentira y manipulación contra Aquel que no ha cometido ningún crimen? Fue doloroso acompañar la condena de Jesús sin poder hacer nada. Y entender en medio del horror de la crucificixión que la muerte es un mal que nunca tendrá la última palabra. En algún lugar del mundo, alguien siempre levantará la voz a favor del bien y la vida. En medio del abandaono en que se encuentra Jesús, lo veo ayudandome a comprender que nuestro modo demorir dice mucho de nuestro modo de vivir. Y lo veo en la cruz expresando toda su vida, su amor, perdón y acogida. Su entrega una vez más al Padre.

 

Y, como el día que nació tranquilo, llenando la tierra de color y vida, experimento con María la Resurrección de Jesús. “No será la roca fría de un sepulcro vacío lo que apagará el fuego de mi vida”. Y con estas palabras Jesús anuncia la victoria de la Vida. Anuncia su Resurrección. No es el fin, no se acabó. Que sus amigos y seguidores reconozcan al resucitado solo será posible porque mantuvieron con Jesús una relación de proximidad e intimidad que les hizo posible reconocer su voz, sus gestos, su paz y confianza. Ahí se refuerza la certeza de que para cada persona, el Señor tiene un modo muy particular de llamar, de mirar y de cuidar. Lo reconozco en mi propia vida y el m modo particular que tiene Él de cuidar de mí y de conducir mi vida y mi proceso. Un modo que es solo Suyo para conmigo.

Jesús está vivo y vive en la comunidad animándonos, enviándonos de nuevo a cuidar de todo su rebaño sin dejar a nadie fuera. Con especial atención a los más frágiles y necesitados. Y para realizar esta misión, nos hace conscientes de que solo será posible en el amor, con amor y por amor. Así, termino con la certeza renovada de que Dios nos sigue llamando a seguirlo todos los días y que nuestra respuesta a esta llamada también tiene que ser diaria. Y podremos contar siempre con su presencia, con su trabajo incansable. Dios me ha dado mucho y mucho deseo ofrecer. Por eso debo cuidar la vida que hay en mí, porque no es mía. Es para ser ofrecida en bien de los demás.

Gracias, Señor por tanto bien recibido.

 

Leila Janaína Pereira da Silva- Juniora de Brasil

 

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