Hace 120 años, el 6 de marzo de 1898, María Antonia nació en Tolosa (Guipúzcoa), en España. Sus padres, Don Ramón Bandrés y Doña Teresa Elósegui, tuvieron quince hijos. María Antonia fue la segunda. Fue bautizada dos días después de su nacimiento y confirmada a los cuatro años. El 23 de mayo recibió por primera vez la Eucaristía.

Desde entonces, el centro de su vida espiritual, caracterizada también por su amor filial por la Virgen, será Jesús en el Sagrario. A causa de su salud un poco débil, recibió en casa las primeras lecciones y frecuentó luego el colegio de las Hijas de Jesús, fundado en Tolosa por la Madre Cándida María de Jesús.

Desde los primeros años de la niñez, se distinguió por una profunda vida espiritual poco común a su edad, por el celo apostólico, la humildad, la caridad, el amor a Jesús y la Virgen, manifestado en muchos pequeños gestos, la obediencia y el espíritu de sacrificio. Se interesó vivamente por los pobres y los necesitados y realizó en la periferia de Tolosa, y en particular con las obreras del sindicato, una obra evangelizadora y social rara en aquellos tiempos.

A los diecisiete años, ingresó en la Congregación de las Hijas de Jesús en Salamanca el 8 de diciembre de 1915. El 31 de mayo de 1918 emitió los votos religiosos. Pocos días antes, ella había escrito: “Vivir crucificada con Jesús, por medio de los santos votos y, por medio de ellos, toda y siempre de Dios. Que solamente Jesús y María ocupen mi corazón”.

Ya antes de la profesión religiosa, había hecho al Señor la oblación más preciosa: siguiendo el impetú de una inspiración interior, ofreció su vida a Dios por la conversión y la salvación de su tío Antonio, su padrino de bautismo. Pareció que el Señor aceptaba esta generosa ofrenda. Su salud, que nunca había sido fuerte, comenzó a debilitarse más, y pronto se manifestó una enfermedad inexorable, que, al comienzo del año 1919, fue diagnosticada como infección intestinal, rebelde a cualquier tratamiento.

El viernes santo, 25 de abril, recibió el Viático con mucho fervor y alegría. Después dijo que le faltaba todavía la Unción de los enfermos para prepararse al encuentro con Dios. Pidió y se le concedió emitir los votos perpetuos y pronunció con gran firmeza la fórmula. Con grandísima paz repetía: “¿Esto es morir? ¡Qué dulce es la muerte! ¡Qué dulce es morir en la vida religiosa!"

A las primeras horas del 27 de abril de 1919, a los veintiún años, entró en la eternidad, después de haber invocado a la Virgen “Madre de clemencia”.

El ejemplo de coraje y fe de Antoñita nos lleva a reflexionar sobre las palabras del ángel Gabriel a la Santísima Virgen: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios” (Lc 1,30), que es también el tema que el Papa Francisco ha elegido para su mensaje para la 33ª Jornada Mundial de la Juventud (Domingo de Ramos, 25 de marzo de 2018). Él quiere que “tratemos de escuchar con ella la voz de Dios que infunde valor y da la gracia necesaria para responder a su llamada: ‘No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios’”.

El Papa nos asegura: “Dios también lee en nuestro corazón. Él conoce bien los desafíos que tenemos que afrontar en la vida, especialmente cuando nos encontramos ante las decisiones fundamentales de las que depende lo que seremos y lo que haremos en este mundo. Es la «emoción» que sentimos frente a las decisiones sobre nuestro futuro, nuestro estado de vida, nuestra vocación. El Santo Padre nos insta a hacer un acto de fe en Dios, lo que significa “creer en la bondad fundamental de la existencia que Dios nos ha dado, confiar en que él nos lleva a un buen final.”

Antoñita, que era de temperamento vivo y nervioso, necesitado de un constante autocontrol, también tuvo que afrontar desafíos al tomar decisiones fundamentales. Pero sabía enfocar hacia fines superiores su afectividad y su ternura de corazón, y a pesar de que amaba a los suyos con un profundo amor, hizo de Dios su Absoluto ... “Callar hasta el heroísmo, sufrir hasta la muerte, durante toda mi vida, permanentemente”, fue un punto fijo en su pensamiento. Sus palabras podrían hacernos pensar en una niña triste y miserable, pero el Dr. Filiberto Villalobos de Salamanca, el médico que la atendió, declaró: “Desde la primera visita que le hice como médico en el Noviciado de las Hijas de Jesús, de Salamanca, me impresionó la alegría y el encanto de esta religiosa. En el curso de su enfermedad, que terminó con la muerte, nunca se lamentó de la gravedad de su dolencia ni de las amarguras que aquella le produjera. Siempre la encontré risueña y contenta...”

Era como si Antoñita supiera lo que el Papa Francisco insiste en su Mensaje, que “nuestra vida no es pura casualidad ni mera lucha por sobrevivir, sino que cada uno de nosotros es una historia amada por Dios.” Próxima a la muerte, hizo esta confidencia: “Para mí todo ha sido duro, frío, árido; a mí Jesús no me ha regalado sus caricias, pero ahora estoy llena de paz y de consolación; siento que la Virgen está a mi lado, que Jesús me ama y yo lo amo”.

Para el Dr. Villalobos, Antoñita fue un fuerte testigo de ese Amor. Cuando la visitó por última vez la tarde del 26 de abril de 1919, se quedó asombrado. Incluso más de un cuarto de siglo más tarde, él escribiría sobre esa experiencia suya:

Yo estaba impresionadísimo. Sentimientos de ternura, de admiración y de asombro me impedían dialogar serenamente con aquella religiosa de 21 años que me anunciaba, alegre y gozosa, su muerte inmediata. Deseaba terminar la escena emocionante y deseaba no separarme de aquella criatura sobrenatural. Con un, «hasta mañana» me despedí angustiado de la Hermana Antonia, quien me contestó risueña con un «hasta el cielo».

Y unas horas después cantando jaculatorias dejó la tierra el alma pura y bondadosa de la Hija de Jesús. Aquella tarde como otras veces fui al noviciado en compañía de D. Miguel de Unamuno muy amigo de la familia Bandrés. Don Miguel me esperaba en el paseo próximo al noviciado. Pocos hombres más sensibles que D. Miguel para apreciar la grandeza y la ternura del espíritu excelso de la Hª Antonia. Y mi relato penetró tan dentro de su alma, siempre torturada por la inquietud y la preocupación de la otra vida, que en las andanzas por las calles y los paseos de esta ciudad de Salamanca, fue tema frecuente de nuestras conversaciones el gozoso y dulce morir de la monjita angelical. Esta, no me preguntó nunca, como lo hizo muchas, muchas veces D. Miguel: «¿Qué será de nosotros después de la muerte?». El genio y el saber extraordinarios de Unamuno se estrellaron siempre ante el misterioso destino del alma humana...

 

Maria Antonia, tan joven y, como María, Madre nuestra, un testigo tan fuerte de Coraje y Amor. A los jóvenes de hoy, compartimos la invitación del Papa: “a seguir contemplando el amor de María: un amor atento, dinámico, concreto. Un amor lleno de audacia y completamente proyectado hacia el don de sí misma. … un amor que se convierte en servicio y dedicación, especialmente hacia los más débiles y pobres, que transforma nuestros rostros y nos llena de alegría.”

¡Que la Beata Antoñita nos inspire con su ejemplo y nos ayude con sus oraciones!

Anna-María Cinco, FI

 

1. Mucho del material aquí acerca de la vida y las virtudes de Antoñita fue tomado del Decreto sobre las Virtudes Heroicas emitido el 6 de abril de 1995 por la Congregación para las Causas de los Santos, Ciudad del Vaticano.

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