Hace un tiempo atrás hemos compartido con muchas de ustedes un breve escrito donde expresábamos cómo estábamos viviendo este caminar con los migrantes en nuestra comunidad.

Esa experiencia que empezó siendo una ayuda fuera de nuestra casa, es decir, teníamos contacto con los migrantes que iban a la olla en la parroquia San Ignacio, en encuentros de migrantes en la Parroquia ya que se estaba dando inicio al SJM (Servicio Jesuita Migrantes) del cual Kenia es miembro, quien poco a poco nos fue haciendo parte a todas las hermanas de la casa y cada una, desde el lugar que podíamos, nos fuimos involucrando y sintiendo que es opción y misión de todas.

 Luego sentimos que el Señor nos invitaba a dar un paso más en la hospitalidad a hermanos Venezolanos, Cubanos, Colombianos, Brasileros y Dominicanos y es por ello que, abrimos nuestra casa los domingos para que ellos tuvieran un lugar para estar tranquilos, calentitos (el invierno era crudo), poder conversar, desahogar sus dolores, comer algo rico y típico de sus tierras, jugar a las cartas, mirar TV… que nuestra casa fuera un lugar donde ellos sintieran que había calor de familia, que era también su casa, y esta experiencia arrancó hace más de dos meses y el espacio se fue fortaleciendo.

Las necesidades se fueron haciendo cada vez más fuertes y Dios nos invitó a dar un paso mayor,  compartir lo que somos y tenemos y es así que con ayuda de vecinos, de la Vida Religiosa de Uruguay, jesuitas, gentes de la Parroquia y el Colegio ayudamos a pagar algunas pensiones para que algunos migrantes no se quedaran en situación de calle.

Y el grito de la movilidad humana de nuestro mundo tocó nuestra puerta muchos días, nos fue inquietando y cuestionando cada vez con más hondura, gritos de personas desahuciadas de la realidad de sus países en busca de un poco de esperanza, dolor por la crueldad de gobiernos que los deja en la miseria y se sienten obligados a tener que salir de su tierra para poder vivir, cuerpos cansados de caminar meses en busca de mejores condiciones de vida. Y ese grito nos fue calando los huesos, el corazón, las entrañas y nos invitó a tener un gesto audaz, generoso y confiado, abriendo las puertas de nuestra casa para que ellos pudieran tener un lugar, unos días para vivir. Eso nos pasó el 3 de setiembre, donde cinco venezolanos que llevaban 15 días en el país y que la OIM (Organización Internacional de Migrantes) les ayudó durante los primeros 15 días quedaban en situación de calle y allí estaban a gritos pidiéndonos un lugar para dormir. Esta experiencia nos recordó al texto en que Jesús le dice a Zaqueo “Zaqueo baja pronto porque hoy tengo que alojarme en tu casa” y allí la vida nos empujó a dar una respuesta pronta, urgente. Respuesta donde se hace tan clara la visita de Dios que sólo nos toca tener el coraje de salir de nuestra comodidad, miedos, estructuras para hacer espacio al pobre, al migrante, al que no tiene nada y compartir de verdad lo que tenemos: espacio, comida, abrigo, fraternidad, escucha, una cama…

Estos días, más de una vez nos han resonado algunos párrafos de la última determinación ”El drama de la movilidad humana nos ha de poner en salida para responder al grito acuciante que nos llega de los migrantes y refugiados. Nos desafía a seguir colaborando con otros y a tomar posturas más audaces y definidas, que garanticen la protección de la dignidad humana, el acompañamiento y caminos de integración en la sociedad”

Es una riqueza percibir la presencia de Dios en los religiosos de Uruguay, ya que, como nosotras, varias congregaciones han abierto las puertas de sus casas para recibir por un tiempo a migrantes. También a tantos laicos que se acercan con diferentes gestos de colaboración. Creemos que es un signo profético para estos tiempos, anunciar a un Jesús vivo haciendo más digna la vida de otros. Sentimos con fuerza el trabajo conjunto que estamos haciendo, religiosos, laicos, diócesis, SJM y que es expresión de trabajo en red, empeñados en aportar nuestro granito de arena para los más necesitados.

Nos ha resonado, también, de la Determinación XVIII cuando se nos invita a las comunidades a ser proactivas en la búsqueda de los pasos que podamos dar ya. Que nos ayudemos a crecer en pobreza evangélica en la vida cotidiana (N°21).

Al compartir esto queremos expresarles que estamos viviendo la fuerza del Reino que se realiza ahora, que abrir las puertas de nuestra casa y “complicarnos evangélicamente la vida” está siendo un tiempo de gracia que no sabremos cómo agradecer a Dios. Sólo nos resta continuar escuchando a Dios en la vida cotidiana y dejarnos interpelar por su llamado, siendo generosas en nuestra respuesta.

Hermanas de Montevideo, Uruguay

 

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