El Papa Francisco ha declarado el 2021 Año de san José. El 8 de diciembre pasado, coincidiendo con el 150º aniversario de la declaración de san José como patrono de la Iglesia universal por Pío IX, publicaba la carta apostólica Patris Corde, "Con corazón de Padre",  para "compartir con nosotros algunas reflexiones personales sobre esta figura extraordinaria, tan cercana a nuestra condición humana". Como siempre, Francisco toca tierra con sus palabras, palabras que refieren a una realidad concreta, en estrecha relación con el momento histórico que nos toca vivir, de esta sencilla manera:

Este deseo (compartir con ustedes algunas reflexiones) ha crecido durante estos meses de pandemia (año diría hoy), en lo que podemos experimentar, en medio de la crisis que nos está golpeando, que nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes -corrientemente olvidadas- que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas... pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia... Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad... Todos pueden encontrar en san José -el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta- un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad. San José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en "segunda línea" tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación.

Hoy, fiesta de san José, os invitamos a leer esta carta del Papa donde va desgranando la vida y la grandeza de José como padre amado, padre en la ternura, padre en la obediencia, padre en la acogida, padre en la valentía creativa, padre trabajador y padre en la sombra.  

¡Cómo resuena todo esto a lo que la Madre Cándida le decía a la H. Josefa González en una carta escrita el 29 de marzo de 1895! 

“Supongo que estaría muy bien la fiesta o función del patriarca y bendito S. José. Este santo mucho, muchísimo puede con Dios. ¡Oh! ¡Quién pudiera imitar sus virtudes!¡Qué silencio! ¡Qué modestia! ¡Qué paciencia! ¡Qué presencia de Dios! ¡Qué humildad! ¡Qué pobreza! ¡Qué castidad! ¡Qué obediencia! ¡Qué oración! ¡Qué amor a Jesús y María! ¡Qué santificarse en el trabajo y todos los momentos de su hermosa vida! ¡Qué santa su preciosa muerte! Dichosas somos nosotras si le amamos de veras. Él velará sobre nuestro cuerpo y guardará nuestra alma para que sirvamos a Dios en esta vida, y después cantaremos sus alabanzas en el cielo con Jesús, María y José. Amén". (CMF 63)

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