Hoy, el evangelio de Lucas es decisivo para interpretar la realeza de Cristo, que nada tiene que ver con las realezas humanas. La misma palabra, rey, nos habla de realidades muy diferentes. Olvidémonos, pues, de reyes y reyezuelos poderosos, y fijemos los ojos en el letrero que pende sobre la cabeza del Crucificado: “Jesús Nazareno, rey de los judíos”, y en lo que dicen sus labios.
Escuchemos las palabras últimas que dirige al ladrón crucificado a su derecha: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Ese ladrón, amigo que repasas esta homilía, soy yo, eres tú, son los miembros de tu comunidad creyente, somos todos de los hombres y mujeres, perdidos y pecadores, que en la historia han sido invitados, tras conocer a Cristo y vivir su conversión, a entrar en ese Paraíso en el que Jesús es el Rey.

1. El Paraíso inicial, el de Adán, y el Paraíso final, al que es invitado a entrar el ladrón, se dan la mano gracias a la reconciliación operada por el testimonio y la sangre derramada de Cristo. El Paraíso, del que fuimos expulsados, abre sus puertas de par en par al hombre roto, herido de muerte, alejado de la Fuente, desencajado a causa de su estéril pelea por querer ser dios, por ser él el único rey del mundo. Y ahí, en la puerta, demostrando un amor incondicional por el ser humano, crucificado en el mismo horror y con los mismos horrendos suplicios de los hombres condenados a muerte, se encuentra Jesús, este Rey increíble. Y el Rey está abriendo las puertas del Paraíso por amor, por un amor entregado y radical, por un amor que se mantiene fiel al hombre, que aprende a ser amado, pues necesita saberse amado con certeza y de verdad. Y es un rey que se mantiene fiel hasta el final, hasta el suplicio final, hasta derramar la última gota de sangre enamorada.

2. El pasado lunes pude ver de nuevo el final de la película “Pena de muerte”, 1995, protagonizada por Susan Sarandon y Sean Penn, y dirigida por Tim Robbins. Parte de una histotia real en la que la hermana Helen Prejean es la consejera espiritual de Mathew Poncelet, un homicida condenado a muerte en Luisiana, en 1982, por asesinar a dos adolescentes. La película es un alegato contra la pena de muerte, y, a su vez, es una hermoso canto a la entrega radical de Helen, que intenta con absoluta pasión, manteniéndose contraria a la pena de muerte, salvar la vida de un hombre, de un gran pecador, y acompañarle incondicionalmente hasta la cruz de la ejecución de su condena a muerte letal.
Volví a sentirme impresionado por la apuesta decidida y determinada de Helen, tratando de salvar la vida de este asesino. Y por su acompañamiento absoluto, hasta el final, hasta su cruz; implicando su vida con una entereza radical y una enorme valentía. Esta hermana se me presenta como un icono precioso de Cristo. El asesino, condenado, acepta la muerte y pide perdón. Y así ve abrir su vida al amor del Padre, Dios, del que, por primera vez en su vida, se considera hijo; y, a través de la entrega amorosa de Helen, se siente amado y renacido, cambiando la orientación de su vida. Es ahí donde observa, bajo la amorosa y comprometida guía espiritual de Helen, como se rasgan las puertas del Paraíso, como se le abren para él, a la par que se adentra en la oscuridad humana de la muerte.
Este es el secreto guardado por el Rey: El amor incondicional. Amor por todos y para todos.
Jesús, como la hermana Helen, no duda en embarrarse y asumir una horrible condena mortal. Un Rey humilde, embarrado y ensangrentado por amor y sólo amor. Es la locura de amor de Dios por el hombre. Y es la invitación del Rey a que también tú cometas la misma locura de amar; te arriesgues a amar, a aprender a amar amando, implicándote en la vida de la gente, de los pobres. Oliendo mal, comiendo peor, sacrificando lo personal, despojándote de tu tiempo y tus seguridades.
¡Oh, bendito Rey! Él te y nos urge a coger la cruz por amor a los hermanos y a cargar con ella con pasión amorosa y servicial.
Él y tú. Tú y Él. Él, tú y tus hermanos.

Antonio García Rubio, párroco del Pilar, en Madrid

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