Domingo Gaudete – un alto, a medio camino, en el tiempo de penitencial del Adviento, para expresar la cercanía de la venida del Señor, y hacerlo con signos de felicidad y de alegría -. La alegre Virgen María te acompaña en este tiempo. ¿Podrás alcanzar su alegría? ¡Búscala!
Dice Mateo 11: “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!”. Jesús, sin perder de vista a su madre, nos pone delante el anhelo de la dicha o la alegría, que Él pide para sus pequeños discípulos. Podemos acercarnos a ella cada día en nuestras familias y comunidades, y compartiendo la vida de los humildes, enfangados, apestados o enfermos; y la puedes ver nacer y brotar en la Fuente de tus entrañas, en el lugar secreto donde se hospeda tu Señor.
¿Te detendrás tú, compañero y hermano, hasta que te falte la luna, a adentrarte en tu impenetrable silencio, e invocar el don de la alegría? Si pides, esperas y confías -en este Adviento-, verás irradiar el sonido de la alegría. Es así como lo borda Isaías: “La lengua del mudo cantará. Volverán los rescatados del Señor, vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.”
Darías un paso importante, si aclarases el fundamento de la alegría del Evangelio; porque cotidianamente te acompañas de alegrías pasajeras y superfluas que no te responden en los momentos claves de la vida. San Francisco de Asís te muestra la perfecta alegría. Escucha:
“’Padre, espetó el hermano León, te pido, de parte de Dios, que me digas en que está la alegría perfecta’. Y San Francisco le respondió: ‘Si, cuando lleguemos a Santa María de los Ángeles, mojados como estamos por la lluvia y pasmados de frío, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre, llamamos a la puerta del lugar y llega malhumorado el portero y grita: ‘¿Quiénes sois vosotros?’ Y nosotros le decimos: ‘Somos dos de vuestros hermanos’. Y él dice: ‘¡Mentira! Sois dos bribones que vais engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Fuera de aquí!’ Y no nos abre y nos tiene allí fuera aguantando la nieve y la lluvia, el frío y el hambre hasta la noche… Si sabemos soportar con paciencia, sin alterarnos y sin murmurar contra él, todas esas injurias, esa crueldad y ese rechazo, y si, más bien, pensamos, con humildad y caridad, que el portero nos conoce bien y que es Dios quien le hace hablar así contra nosotros, escribe ¡oh hermano León! que aquí hay alegría perfecta.
Y si nosotros seguimos llamando, y él sale fuera furioso y nos echa entre insultos y golpes, como a indeseables importunos, diciendo: ‘¡Fuera de aquí, ladronzuelos miserables; id al hospital, porque aquí no hay comida ni hospedaje para vosotros!’ Si lo sobrellevamos con paciencia y alegría y en buena caridad, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta.
Y si nosotros, obligados por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, gritando y suplicando entre llantos por el amor de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él más enfurecido dice: ‘¡Vaya con estos pesados indeseables! Yo les voy a dar su merecido’. Y sale fuera con un palo nudoso y nos coge por el capucho, y nos tira a tierra, y nos arrastra por la nieve, y nos apalea con todos los nudos de aquel palo; si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de sobrellevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría.”
Imagino tu cara, hermano, e intuyo que, por su extrema radicalidad e inocencia, no te parece muy apropiada la propuesta franciscana. Y, sin embargo, si pretendes buscar y anhelar la auténtica alegría en este Adviento, has de aceptar que san Francisco, con esta historia, está tocando lo más profundo de tu corazón. Y de eso se trata. ¿Acaso no te está cuestionando la frivolidad, materialismo e individualismo con que hoy buscas tu alegría? Pues, eso es lo importante y lo sugerente. Francisco, junto al Salmo 145, te ayuda a entender que sólo el amor y la confianza absoluta en el Padre, la paciencia y el gozo de quien se entrega a Él y a sus hermanos por amor, y acepta las consecuencias de su entrega, te pondrán en el camino de la perfecta alegría. Así es.
Formas parte, hermano, de una generación crítica, dominada y sometida al juicio, la queja y la falta de compasión. La carta de Santiago te sugiere salidas: “Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros, para no ser condenados.” Sólo la paciencia, que se alimenta del amor mutuo y de amor a Dios, que ama la comunión y te adentra en un pueblo de hermanos, podrá salvarte de ti mismo, y colocarte en el lugar de la acción justa, de la no-violencia, de la responsabilidad, de la hospitalidad, del desgaste por los desfavorecidos, y de la auténtica y perfecta alegría.
“Ven, Señor, a salvarnos”. Este grito de la Iglesia se transforma en un alegre canto de esperanza. Le decimos: “Ven”, sabiendo que Él está ya entre nosotros, que Él “endereza a los que se doblan, y guarda a los peregrinos”. ¡Ven, Señor, Jesús! Mantente en la alegría de su Espíritu.
Un día, un caminante paseaba tranquilo, aunque espeso, por una extensa y luminosa playa. Caminaba abstraído, distraído o ausente, entre la luz del cenit de la jornada, el arrullo del sonido de las olas y el murmullo de los otros muchos paseantes. Y, a su vez, se encontraba perdido entre la sed de un don anhelado, y acampado en un intenso silencio. Y, de pronto, con la rapidez de un rayo inadvertido, se le presentó el don; se le despertó en ese palmo y medio de distancia que media entre la mente y el corazón. “¿Quién eres?”, preguntó el andarín. “Soy el don que esperabas desde hace tiempo: Soy LA ALEGRÍA”, le contestó el don sorprendente. Y, el caminante, notó en su centro, a modo de un golpe poderoso de alegría desbordante. “¿Qué es esto?”, volvió a decir el peregrino, estremecido por la alegría. “Soy la alegría, y he venido, tras escuchar tus súplicas reiteradas durante muchos años, para permanecer contigo. Ya nunca te abandonaré. Esa es la orden que he recibido, y que cumpliré cada día. Sólo tendrás que invocarme, y estaré contigo”, le aseguró.
Ni que decir tiene, que el caminante experimentó tal alegría, y tan intensa, que tardó días en apaciguarse. Y, a partir de entonces, si lo necesita, invoca el don ante cualquier situación, también entre sombras y heridas, y la alegría reaparece, y le acompaña el gozo cada día.

Antonio García Rubio, párroco del Pilar, en Madrid

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