Nace el año 2017. Lo hace en un día que es de bendición. Y quien se sabe bendecido, sólo sabe y puede bendecir. La bendición, como una nueva actitud vital, desvelada en nuestra intimidad sufriente y ensalzada, se sitúa en las antípodas de la violencia y de la guerra. La bendición sólo entiende de caminos nuevos que construyen la concordia, la justicia, la comunión y la paz. Así hoy nos dice el libro de los Números 6: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. Y te conceda la paz”.
Los que siguen al Señor y Maestro, Jesús, no entienden la violencia como una agresión provocadora de venganza y de odio, sino como un motivo más, como el gran motivo, para cargar con la cruz y seguir a Cristo en el silencio, y con el rostro traspasado por la esperanza. El ejercicio de la no-violencia activa, como nos sugiere el Papa Francisco, que nace de lo vivido y transmitido por Cristo en su camino del Calvario, y en su agonía y su muerte en una cruz inmisericorde, es un camino nítido para ser vivido por la Iglesia y, ojalá lo sea para una humanidad bañada durante un año en la misericordia, en el inicio de este siglo, plagado de crueldades, que sólo le acarrean al ser humano muerte, desolación y destrucción.
Los cristianos recibimos, en este inicio del nuevo año, un aliento de vida y de bendición, que nos impulsa a ser como esas mujeres valientes, valerosas, que se ponen en camino y lo arriesgan todo por sus hijos. Como lo hizo María, la humilde Madre de Dios. Estas mujeres increíbles, como María, saben luchar en medio de la noche, por pura gracia, contra todos los dragones posibles o imaginables, sobre todo, cuando se descubren así mismas portadoras de una vida nueva y cuidadoras de la misma. Y, muy especialmente, si llevan consigo al Enmanuel, al ‘Dios con nosotros’, que celebramos hoy en la culminación de la Octava de la Navidad.
La imagen que más nos impresiona de María y de Jesús, ahora que iniciamos el nuevo año envuelto en renovados y mutuos deseos de felicidad y de paz, es la de la Piedad. Es una imagen dura y cruel donde las haya, aunque escultores como Miguel Ángel que la hayan llenado de sublime delicadeza y belleza. No hay ningún sufrimiento del calibre del de una madre con su hijo sobre su regazo muerto o asesinado en plena juventud. En el caso de María, portadora de todas las promesas de Dios, a las que entregó su vida, y, en esa imagen, rotas y destruidas sin compasión por la muerte, ¿se puede imaginar más dolor? La respuesta es que sí se puede, pues María, además es Madre de Dios, así la proclama la Iglesia, y tiene sobre sus rodillas a un Dios aparentemente despedazado por el poder inmisericorde del hombre. ¿Se puede sufrir más? ¿Hasta dónde llega y llegará la barbarie del poder humano con sus atropellos y violencias injustificadas?
Todos, como María, o como las mujeres valerosas, tenemos decepciones que nos amargan y pretender hundirnos la vida, pero que, si nos mantenemos atentos y despiertos desde lo profundo del ser, nos enseñan los secretos de la existencia, el fondo oculto del Misterio de la misma, del Dios que habita en sus entrañas. Tengamos la osadía de poneros delante de Dios y de orar sin descanso. Caigamos de rodillas y hablemos al corazón de Dios, como a quien es, a nuestro amigo. Sólo Él podrá comprender y secar nuestras lágrimas, contingentes y sufrientes, y colgadas de nuestras mejillas. Silencio activo. Lucas 2: “Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.” Y, junto al silencio, el renacer de una nueva actitud ante el dolor y el sufrimiento. Algo nuevo está naciendo. El año nuevo nos lo evoca.
Felices los que se encuentran apoyados en Dios en medio de las violencias sufridas y de sus propias fragilidades y debilidades. Había dos tetrapléjicos que compartía habitación en un mismo hospital. Uno deseaba, ansiaba y pedía la muerte, entre impaciencias insufribles e ingratas culpabilidades que le llevaban a toparse con su propio y oscuro muro. El otro daba gracias constantes, y abiertas al infinito, a Dios y a cuantos le cuidaban, por poder vivir la existencia desde un ángulo diferente, desde una debilidad aceptada y compartida amorosa y fraternamente. Uno acabó pidiendo una muerte asistida. El otro agradeciendo el desvelamiento de una nueva vida, agradecida en medio de los barrotes de una cárcel aparente.
Nadie ofrece lo que no es, ni lo que no tiene. Sólo, si nos volvemos niños inocentes, podremos ofrecer el don que portamos por pura gracia. Sólo los que recobran la inocencia de la fe confiada, se ofrecen y se entregan en el servicio mutuo, amoroso y esperanzado.
En esta vida lo que se adquiere por esfuerzo o poderío humano acaba siendo secundario y pasajero. En realidad, no sirve para nada. Será quemado como paja seca en el verano. Sólo lo esencial y auténtico permanecerá. Y eso, así vivido, es puro don de Dios. Los creyentes saben que sólo el gran regalo, que es Cristo, bendito fruto del vientre de María, nos ubica y coloca en la Trinidad santa, y permanece en ella para siempre. Cada uno de nosotros subsiste con y en Él.
Gálatas 4: “Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ‘¡“Abba”, Padre!’. Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.” La vocación del cristiano es descubrir en el mal su secreta y verdadera vocación; que no es de queja, sino acción pacificada y no-violenta.
Será muy hermoso que un día podamos ver la luz de Dios, pero mucho más hermoso será ver esta misma luz, en el tiempo presente, reflejada en el rostro de las mujeres y los hombres concretos, como consecuencia de que haber hecho posible un ambiente nuevo; un ambiente de paz y entendimiento, de fraternidad y comunión, de respeto y abajamiento humilde, sin ansiedades, sin ambiciones y sin prepotencias destructoras.
Mantengamos abierto un camino posible para la paz mediante el ejercicio discreto de la no-violencia activa. Para que la luz y la bendición de Dios traspasen por entero el año 2017.
Paz y bien a todos, hermanos.

Antonio García Rubio, párroco del Pilar en Madrid

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