Soy Ana Cristina Peña Mendoza (Anny), dominicana, y hoy cumplo 22 años de votos perpetuos. Quiero compartir con ustedes mi experiencia para juntas dar gracias a Dios.
Descubrí mi vocación cuando comencé a sentir compasión por los más pobres. Y lo puedo personificar en la marchanta que, cargando su cesto lleno de fruta en la cabeza, pasaba por mi casa pregonando sus frutas. Estudié en el Politécnico de Santiago de los Caballeros, mi primera maestra fue Clementina Piccoli fi. Ya en el Bachillerato comencé a participar en las jornadas vocacionales. En ellas veía claro que tenía vocación, pero luego volvía a mi casa y me olvidaba. Aunque de vez en cuando volvía a aparecer en mí el deseo de ser “de las monjas de mi escuela” como todavía hoy me recuerda el P. Christopher Hartley, misionero español que en ese tiempo trabajaba en New York. Allí lo conocí cuando me fui a esta ciudad con mi familia: estudié, trabajé en diferentes factorías y participé en el grupo de jóvenes Los Amigos de Jesús, donde rezábamos, celebrábamos y hacíamos voluntariado.
Cuando tenía 19 años, decidí regresar a República Dominicana y entrar en la Congregación de las monjas de mi escuela Era el 8 de agosto de 1985. En realidad, poco sabía de la vida religiosa pero tenía un corazón deseoso de servir. En ese tiempo cantábamos mucho la canción “mi casa, mi casa es el mundo” (algunas la recordaran). Siempre recuerdo escuchar a Rosa Santos fi, maestra de novicias, diciéndonos: “Has entrado a la Congregación, no a una provincia o país” y eso me ha ayudado a sentirme en casa en cualquier comunidad donde esté.
De 1994 a 2005 estuve en Cuba con María Blanca del Barrio fi, Victoria San Segundo fi y Luisa Suárez fi. De vuelta a República Dominicana, de 2005 a 2009, viví en Los Minas, Guachupita y Cotuí. Después de participar en el Curso de Renovación en Brasil recibí la llamada de nuestra general, Maria Inez, enviándome a Asia. En enero del 2010 llegué a Filipinas para reforzar mi poco conocimiento del inglés. Estuve allí durante 5 meses donde después de una entrevista fui aceptada para trabajar en Tailandia en la ONG Jesuit Refugees Service (JRS) como coordinadora del programa de alfabetización de adultos en los campamentos de refugiados. Así llegué a Tailandia y fui recibida por las hermanas filipinas de la comunidad: Madeline Capistrano fi, Evelyn de Alba fi y más tarde, Elvenia Escultor fi. Tuvimos la dicha de ir a Japón antes de la reunificación de provincias y luego a Taiwán para la asamblea provincial, pues es la provincia a la que pertenecemos. 
Después de 5 años otra llamada de Maria Inez para dialogar acerca de la propuesta de JRS para trabajar en Myanmar. En septiembre del 2015 llegué a Myitkyina (Myanamar) como directora de proyecto. Al mes siguiente llegó Rosemary Wan fi, una hermana china, y completamos la presencia de Myanmar porque formamos comunidad con las hermanas de Tailandia.
Siendo de República Dominicana, donde durante muchos años la mayoría de hermanas eran españolas, podría decir que “crecí” en la VR, aún dentro de mi país, en un ambiente de internacionalidad. Considero que la internacionalidad de nuestras comunidades es una verdadera riqueza y al mismo tiempo un desafío. Pone a prueba nuestras estructuras congregacionales y culturales, nuestros conceptos, todo nuestro ser. Siempre recuerdo a Inés Laso, superiora general cuando hice mi última probación en Roma (1994), nos dijo: “En el futuro habrá muchos cambios, pero siempre recuerden, lo fundamental nunca cambia” y esa es la clave en una comunidad internacional, tener claro qué es lo fundamental como Hijas de Jesús y lo demás es añadidura cultural, social y personal. En estos años lo que voy aprendiendo (que no quiere decir viviendo en totalidad) es a descubrir y potenciar lo que es esencial. He descubierto que lo más fundamental y simple en cualquier comunidad religiosa es sentirnos y reconocernos hermanas (pero de verdad, no en teoría) y desde aquí las añadiduras se van respetando, asumiendo, cambiando y enriqueciendo. Y para esto necesitamos saber dialogar. La actitud sería la de la corrección fraterna de corazón a corazón: una hermana me corrige, me sugiere con palabras que salen de su corazón y son recibidas con el corazón de hermana.
Otra cosa importantísima es el ser conscientes de que nuestra misión es una misión común, no es mi parcelita, es nuestra finca. Por eso es importante interesarnos, saber, saborear, participar en lo que hace mi hermana porque lo que ella hace es mi interés también. Así seremos capaces de ayudarnos, de ver como un aporte, como una colaboración cualquier comentario de una hermana acerca de lo que estoy haciendo y como lo estoy haciendo y no lo veremos como una crítica. Mis asuntos no son míos son nuestros.
En mi trabajo con JRS destacaría el valor de la universalidad, de la unidad en la diversidad, el sentido de familia entre los compañeros. El deseo de JRS es llevar educación de calidad a los refugiados a través de la capacitación de los maestros en los campamentos de refugiados y el acompañarlos en su realidad a través de la pastoral (Tailandia). En Myanmar capacitamos a jóvenes que quieren ser maestros y que al terminar el proceso trabajan en escuelas parroquiales en zonas remotas. Rosemary Wan es la encargada de la formación de estos jóvenes y yo ahora soy la coordinadora del programa de acompañamiento en los campos de los desplazados.
Myanmar es una de los países más pobres de Asia. Con una población de 53.26 millones de personas, con más de 100 grupos étnicos. Desde 1948 viven muchos conflictos armados, algunas veces muy intensos. Nuestra presencia está en la región norte del país, cerca de la frontera con China, en Kachin State, y vivimos en Myitkyina, que es la capital. Existen muchos campos de desplazados internos. Myanmar es una sociedad multirreligiosa donde hay budistas, cristianos, musulmanes, religión popular y católicos (que son minoría). La región está dividida en zonas controladas por el ejército y zonas controladas por los grupos armados. El acceso a estas zonas está muy controlado y limita la presencia de extranjeros en ellas. 

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