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Graciela nos escribe en la fiesta de San Ignacio

julio 30, 2021

Queridas hermanas:

¡Feliz fiesta de San Ignacio de Loyola! En esta carta de felicitación me permito compartir un párrafo de la homilía del P. Arturo Sosa, Superior general de la Compañía de Jesús, con motivo del inicio del año ignaciano, en Pamplona. Homilía a la que todas habremos accedido, pero que hoy quiero indicar estos aspectos del legado de Ignacio.

“Sin duda Ignacio habría asimilado a lo largo de su vida la frase entusiasta y generosa del discípulo de Jesús: ‘Te seguiré adondequiera que vayas’. Desde su conversión fue aprendiendo que estar con el Señor y caminar a su lado era más importante que la necesaria concreción del lugar y las circunstancias en las que trabajar; su amor y su gracia le bastaban. Porque la auténtica consolación le conduciría siempre adonde fuera necesario ir y permanecer en cada momento, a Jerusalén o en Roma, por ejemplo. Adaptándole el Evangelio, Ignacio no puso la mano en el arado y miró hacia atrás. Entendió ya desde su providencial curación en Loyola que su seguimiento de Jesús supondría abandonar tantas seguridades materiales familiares o sociales de las que podría haber gozado, para introducirse de lleno en el “modo de proceder” del propio Jesús. Con pobreza de espíritu y en ocasiones material, quiso conformarse con Jesucristo adoptando las particularidades de su vida, no pidiendo condiciones, tal como hacen los otros dos personajes del Evangelio de hoy. Quiso que su anuncio del Reino fuera “en pobreza”, consciente de la fragilidad que le descubrió la bomba en Pamplona, y que le condujo a poner su confianza en Dios[1]

En esta fiesta, en la que hacemos memoria y expresamos nuestra gratitud por tanto bien recibido, menciono también la llamada que nos hizo la CGXVIII, cuando en Det. n. 14 nos dice: “Siguiendo las huellas de San Ignacio, la Madre Fundadora nos recuerda que la pobreza es madre, porque de ella nace la libertad, la capacidad de apreciar y acoger lo que Dios quiere; y es también firme muro, que protege la vida religiosa de la mediocridad.[2]

Para Ignacio, una verdadera pobreza era expresión de intimidad con Jesús, el Señor. Su pobreza era un signo de su transformación, de su creciente vulnerabilidad ante el Señor, de su indiferencia para prepararse para seguir la Voluntad de Dios, de su sensación de que todo lo recibido es un regalo. [3]

¿Cómo podemos nosotras, Hijas de Jesús, miembros actuales de este Cuerpo, recibir y vivir esta gracia de la pobreza evangélica?

Agradecemos a las Hermanas de Oriente que nos ha preparado el triduo para vivir esta fiesta y a las de América que prepararon la novena a la Madre Fundadora que la comenzaremos hoy y la celebración para el día 9. Es bonita esta coincidencia: en la fiesta de San Ignacio comenzamos la preparación para la fiesta de nuestra Fundadora. ¡Que sean nuestros grandes intercesores!

Agradezco a todas sus oraciones por mis EE.EE. anuales, que como fue anunciado a las provinciales, los hice del 22 al 30 de julio. Confío que todo aquello que me fue revelado y que pude gustar internamente, se transforme en servicio al Cuerpo universal.

 Graciela Francovig, Superiora General de las Hijas de Jesús

[1] Homilía P. Arturo Sosa, sj en la Eucaristía de apertura del año ignaciano en Pamplona, 20 de mayo de 2021

[2] CFI 64, 154

[3] Homilía del Superior general de la Compañía de Jesús en la fiesta del 31 de julio de 2020.

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