La historia humana está llena de heridas, rupturas y sufrimiento. Sin embargo, la Palabra nos recuerda, este primer Domingo de Cuaresma, que, en la historia humana, el pecado y la ruptura, no tienen la última palabra y también nos asegura que el amor de Dios es más fuerte que todo lo que rompe la vida. Su gracia no solo repara, sino que crea algo nuevo. La gracia de Dios es así, sobreabunda y recrea.
Donde el pecado rompe, Dios recrea; donde la muerte se expande, la gracia sobreabunda. Esta lógica de la gracia que repara conecta profundamente con el cuidado, la interdependencia y la sanación de vínculos rotos: con los hermanos, con los más vulnerables y con la casa común.
Desde esta certeza nace la llamada a cuidar, a sanar vínculos rotos y a tejer redes de fraternidad: con las personas más frágiles, con quienes viven situaciones de exclusión, con nuestra casa común. Cuidar es una forma concreta de hacer visible la gracia que sigue actuando en el mundo.
Como Hijas de Jesús, nos sentimos llamadas a vivir y promover una espiritualidad del cuidado: de las personas, de los pueblos heridos, de quienes migran, de la casa común; siendo testigos de que allí donde la vida parece frágil, Dios ya está actuando.
“Si creció el pecado, más abundante fue la gracia”
Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron. Por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte, por culpa de uno solo. Cuanto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la justificación. En resumen: si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida. Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos. Rm 5,12.17-19
Prioridad: Tejer redes de cuidado desde la filiación y el compromiso con la creación y con los hermanos.
Desde la conciencia de nuestra filiación, nos sentimos llamadas a participar activamente en diversas redes de cuidado. Reconocemos la interdependencia y la necesidad de colaborar con otros. Queremos unirnos a quienes trabajan por los más desfavorecidos y por todos aquellos que se ven obligados a la movilidad de sus lugares de origen: migrantes, refugiados, desplazados. Su situación nos interpela y nos impulsa a buscar formas concretas de solidaridad y apoyo. Es fundamental descubrir las redes ya existentes en nuestros entornos cercanos y discernir nuestras posibilidades reales de participación.
En todo ello, emergen como prioridad ineludible el cuidado de la casa común y una espiritualidad del cuidado. A ello nos inspiran las encíclicas “Laudato si” y “Fratelli tutti”, incorporándonos a una dinámica constante de conversión personal, comunitaria e institucional. Det, CGXIX n. 22
Pregunta para el discernimiento
¿De qué manera estamos llamados hoy a cuidar mejor la vida y con qué pasos reales podemos comprometernos en redes de solidaridad y cuidado?
Propuesta de oración ignaciana



