En medio del camino de Adviento, llegamos a una de las fiestas más queridas por toda la Iglesia y profundamente significativa para nosotras como Hijas de Jesús y toda la Familia Madre Cándida: la Inmaculada Concepción.
Celebramos a María, llena de gracia, elegida desde siempre para colaborar de manera única en el proyecto de Dios. Celebrarla es recordar también nuestra propia historia vocacional, nuestra elección y nuestro llamado a ponernos, como ella, totalmente en las manos del Señor.
Hoy la liturgia nos invita a contemplar, no sólo quién es María, sino quiénes somos nosotras a la luz del amor gratuito de Dios.
Acogemos la Palabra
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.
Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.
Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado.
En él hemos heredado también, los que ya estábamos destinados por decisión del que lo hace todo según su voluntad, para que seamos alabanza de su gloria quienes antes esperábamos en el Mesías. (Ef 1, 3-6.11-12)
Esta Palabra nos recuerda que la elección de Dios precede cualquier mérito, que nuestra vocación nace del amor gratuito del Padre. Como María, somos llamadas a ser alabanza de su gloria, viviendo en transparencia, en disponibilidad, en confianza, en gratitud.
Texto carismático
El 2 de abril de 1869, rezaba y esperaba ante el altar de la Sagrada Familia en la iglesia del Rosarillo, y, de pronto, como si una luz radiante se me hubiera encendido en el corazón, entendí claramente que debía “fundar una nueva congregación con el nombre de Hijas de Jesús, dedicada a la salvación de las almas, por medio de la educación e instrucción de la niñez y juventud”. No tuve ya duda, ¡pero sí obstáculos para desechar lo que el demonio -! ay, hijas, el perete…! – me hacía ver como montañas gigantescas antes de decir sí a Dios nuestro Señor. Allí me acerqué al padre Herranz, con mis inspiraciones y mis luces. Le conté, sencillamente, lo que, en el Rosarillo, la virgen me había dado a entender como aquello que Dios quería de mí. Nada quise ocultarle y le manifesté, desde el principio, la mayor dificultad que yo entonces tenía para poder realizar una obra como aquella. Le dije claramente que no sabía leer ni escribir. No vio ningún inconveniente y me dio a entender que era un hombre de Dios y que se fiaba de Él en todas las cosas cuando comprendía que era voluntad suya.
Muchas veces, en mi larga vida, he pensado en ello y he admirado de qué modo inesperado va Dios llevando las cosas cuando son para su gloria y el bien de los hombres, que él tanta ama. Esta pobre sirvienta, analfabeta casi, que resolvió en su adolescencia ser sólo para Dios y que le mantuvo vivo el deseo a la espera de conocer cuál fuera su voluntad concreta sobre ella, mientras le pedía sus luces con oración y penitencia. Una respuesta de Dios, recibida por cada uno de forma distinta, sorpresiva y desconcertante, ilógica en lo humano porque quiso Él que fuera la fe el apoyo primero de esta arriesgada empresa… (Carmen de Frías Tomero, FI. Donde Dios te llame. Salamanca, 1990, págs. 42-43). Ficha 1-B de “Acogida de la Determinación de la CGXIX”)
En la voz de la Madre Cándida contemplamos el mismo dinamismo que vemos en María: elección – escucha – miedo – confianza – respuesta – misión. Nuestra fundadora experimentó que Dios elige lo pequeño, lo débil, lo que parece “insuficiente” a ojos del mundo. No elige porque somos capaces: nos capacita porque elige.
La Inmaculada nos enseña a dejarnos amar primero, a aceptar que Dios toma la iniciativa, y a responder —como María y como Madre Cándida— desde la fe desnuda.
Resuena en nuestra vida
Celebrar a la Inmaculada en pleno Adviento es recordar que Dios sigue pronunciando nuestro nombre, sigue llamándonos a colaborar con Él, sigue confiando en nuestra pequeñez.
¿Qué significa para ti saberte elegida/o por Dios, sabernos respuesta a una vocación?
Que María Inmaculada nos acompañe, nos ilumine y nos enseñe a decir un “sí” cada vez más libre y esperanzado.






