Este domingo 9 de Agosto, celebramos la fiesta de nuestra fundadora, Santa Cándida María de Jesús. Al ser domingo, las lecturas de la liturgia de la palabra del día prevalecen sobre las lecturas propias de la fiesta, por tanto, en este año en particular estamos invitadas a orar con el evangelio del domingo que nos narra a Pedro caminando sobre las aguas.
A la vez, tan acostumbradas a contemplar el texto de Mateo de la fiesta de Santa Cándida, que engrandece la humildad y pequeñez, no podemos hoy más que unir ambos textos, en una sola invitación: la de confiar en Dios desde la propia pequeñez.
Un evangelio que enseña a caminar sobre lo imposible
El relato de Mateo (14, 22-33) nos sitúa en la noche, con los discípulos remando contra el viento en una barca sacudida por las olas. Es Jesús quien se acerca caminando sobre el agua, y es Pedro quien se atreve a pedir: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua». Jesús le responde con una sola palabra: «Ven».
Pedro camina mientras mantiene la mirada puesta en Jesús. Pero, apenas siente la fuerza del viento, duda y entonces, comienza a hundirse y grita: «¡Sálvame, Señor!». Y la respuesta de Jesús no es un reproche que aleja, sino una mano que sostiene: «Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo».
No es la fuerza de Pedro la que lo sostiene sobre las aguas. Es la confianza —frágil, vacilante, pero real— en Aquel que lo llama y la presencia real y cercana de Cristo, lo veamos o no, no sintamos o no.
El evangelio propio de la fiesta de santa Cándida: la revelación a los pequeños
El evangelio que la Iglesia asignó a la fiesta de Santa Cándida (Mateo 11, 25-30) nos ofrece la clave para leer esa misma escena desde otro ángulo. Jesús da gracias al Padre porque ha escondido las cosas a los sabios y entendidos y se las ha revelado a los pequeños. No es la sabiduría ni la fuerza propia lo que abre paso a la revelación de Dios, sino la sencillez de quien se sabe pequeño.
Esta es, precisamente, la espiritualidad que santa Cándida vivió y nos dejó como herencia: la confianza sencilla y filial en Dios, la certeza de que es Él quien actúa y sostiene, y que nuestra pequeñez —lejos de ser un obstáculo— es el lugar donde su fuerza se manifiesta.
Caminar sobre las aguas desde la pequeñez
Cuando ponemos ambos evangelios uno junto al otro, aparece un mismo camino. Lo que permite a Pedro caminar sobre las aguas no es su valentía ni su capacidad, sino su confianza en la voz que lo llama. Y lo que Jesús exclama agradecido, que es revelado a los pequeños no es una recompensa por sus méritos, sino un don gratuito que se recibe con las manos abiertas de quien no tiene nada que ofrecer sino su disponibilidad.
Santa Cándida supo caminar así: sobre aguas agitadas, con vientos contrarios, sostenida no por su propia fuerza sino por la confianza puesta en Dios. Su pequeñez se convirtió en el espacio donde Dios pudo actuar con fuerza, tal como lo hizo con Pedro cuando le tendió la mano.
Hoy, al celebrar su fiesta, la Iglesia nos invita a lo mismo: a no quedarnos paralizados por el miedo ante el viento contrario, sino a escuchar la misma palabra que Pedro escuchó —«Ven»— y a dar el primer paso, confiados en que, aunque dudemos y comencemos a hundirnos, hay una mano que siempre nos sostiene.
Nos puede ayudar preguntarnos, ¿vivo algún mar embravecido en este momento de mi vida? ¿Qué experimento concretamente? ¿Qué palabra de Jesús “me salva”? ¿Qué de lo sencillo de mi vida es motivo de alegría y acción de gracias de Jesús sobre mi?
Para orar este día
Como ayuda también para la oración personal o comunitaria, proponemos escuchar La barca y el mar, de nuestras amigas de Ruah, que recrea musicalmente esta misma escena del evangelio.
El cancionero que acompaña la canción introduce el tema recordándonos que vivir con hondura es, de algún modo, navegar en la incertidumbre: somos como pequeñas barcas zarandeadas en un mar imprevisible, y precisamente ahí, en medio de esa fragilidad, hay un amor que nos sostiene y nos hace seguir adelante. El mismo texto recoge una intuición que ilumina bien nuestra fiesta: Dios no siempre nos libra de la tempestad, pero siempre nos libra en la tempestad.
La canción se hace la pregunta donde está Dios en el momento de la tempestad, quizás es la misma pregunta que, en su pequeñez, se hizo Madre Cándida tantas veces: no la certeza que elimina la duda, sino la confianza que sostiene en medio de ella, la seguridad de que Dios habita tanto la barca como el mar, tanto nuestra fragilidad como la fuerza que nos hace caminar sobre lo imposible.
¡Feliz fiesta de Santa Cándida!
Que en este día podamos, como ella, reconocernos pequeños ante Dios y descubrir en esa pequeñez no una debilidad, sino el lugar desde donde Él nos hace fuertes. Que su ejemplo nos anime a dar el paso fuera de la barca, a caminar con sencillez y confianza sobre las aguas que hoy se nos presenten, sabiendo que, aunque el viento sea contrario, hay una mano siempre dispuesta a sostenernos. ¡Feliz fiesta de Santa Cándida María de Jesús!



