Hoy no estamos celebrando una fiesta en honor del Espíritu Santo ni recordando un hecho pasado, sino viviendo una realidad presente. La fiesta de Pentecostés es la culminación de la experiencia pascual, que continúa presente, real y viva en nuestras vidas. Después de un camino en el que hemos aprendido a reconocer al Resucitado, a acoger su paz, cruzando la puerta y transitando el camino del Resucitado; y sobre todo nos hemos sentido enviados y acompañados a una misión. Hoy, en Pentecostés, recibimos el don que lo hace todo posible: su Espíritu. No estamos solos, no caminamos solo con nuestras fuerzas… Dios mismo habita en nosotros.
El Evangelio de este día (Jn 20, 19-23) nos sitúa, inicialmente, en una escena marcada por el miedo y el encierro. Los discípulos están con las puertas cerradas, pero Jesús se hace presente en medio de ellos, les regala su paz y sopla sobre ellos diciendo: “Recibid el Espíritu Santo”. Y junto con este don, les confía una misión: perdonar, reconciliar, abrir caminos nuevos.
Sólo hay espiritualidad cuando se vive según el Espíritu. Y con la misma rotundidad hay que decir que nunca podrá faltarnos la acción del Espíritu, porque no puede faltarnos Dios en ningún momento. Es Dios mismo el que se da, para que yo pueda ser. Cada persona es sujeto de esa presencia del Espíritu que Jesús prometió a los discípulos. Por fortuna estamos volviendo a descubrir la presencia del Espíritu en todos y cada uno de los cristianos. Volvemos a ser conscientes de que, sin él, nada somos.
La luz de la Pascua nos expresa que el Espíritu y esta paz que Jesús nos entrega es profunda y transformadora, nos decía el Papa León XIV en su mensaje pascual: “La paz que Jesús nos entrega no es aquella que se limita a silenciar las armas, sino la que toca y transforma el corazón de cada uno de nosotros. ¡Convirtámonos a esa paz de Cristo! ¡Hagamos oír el grito de paz que brota del corazón!”
Desde el Gobierno General de las Hijas de Jesús, recibimos una llamada que nos sitúa en lo esencial: dejarnos habitar por el Espíritu para ser presencia que transforma, que une y que sostiene la vida.
Ser presencia luminosa en medio del mundo
Pentecostés no es solo un acontecimiento del pasado, es una experiencia que se renueva hoy en cada uno de nosotros. El Espíritu nos impulsa a salir de nuestros miedos, a abrir puertas, a atrevernos a vivir de otra manera.
Que el Resucitado nos conceda la gracia de ser presencia luminosa, gente de paz, que une y levanta, que allí donde esté haga creíble que Jesús vive. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de vivir con un corazón transformado: capaz de perdonar, de tender puentes, de sostener al que está caído.
Hoy, el mundo necesita personas habitadas por el Espíritu: personas que no propaguen miedo ni división, sino esperanza; que no cierren puertas, sino que generen encuentro; que no se queden en palabras, sino que encarnen el amor de Dios en lo concreto.
Jesús nos da su Espíritu ynos hace partícipes de su propia misión. Y en cada gesto de reconciliación, en cada palabra que devuelve dignidad, en cada paso que construye paz, el mundo comienza a renovarse.
Oración
Jesús resucitado, gracias porque nos llenas de tu Espíritu.
Haznos portadores de tu paz.
Venga a nosotros tu paz.



