Seguimos recorriendo este camino pascual, sostenidos por la certeza de que el Resucitado camina con nosotros. A lo largo de estos domingos hemos ido descubriendo cómo su paz se hace vida en nosotros, cómo transforma nuestras decisiones y nos envía a ser portadores de esperanza. Hoy, esa promesa se hace aún más profunda: no estamos solos.
El Evangelio de este domingo (Jn. 14, 15-21) nos introduce en la promesa del Espíritu Santo, el Paráclito. Jesús dice: el Paráclito. Jesús dice: “No os dejo huérfanos. (…) yo estoy en el Padre y vosotros en mí y yo en vosotros». Es una presencia que no abandona, que sostiene, que acompaña desde dentro. El Espíritu es ese aliento de Dios que nos recuerda todo lo que Jesús nos ha enseñado y nos impulsa a vivirlo.
También este evangelio expresa: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”, y “Quien conserva y guarda mis mandamientos, ése sí que me ama”. Los mandamientos no tienen carácter de imposición; son exigencia interna del amor. No se trata de una obediencia a normas externas, sino manifestación de un impulso interior, respuesta del amor.. Jesús nos había dado “el mandamiento nuevo”, uno solo: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.
El mensaje pascual del Papa León XIV nos ayuda a comprender la hondura de este mensaje y esta presencia: “El poder con el que resucitó de entre los muertos (…) es Dios mismo, Amor que perdona y redime.”
Este amor es el que se nos regala y el que estamos llamados a encarnar.
Desde el Gobierno General de las Hijas de Jesús recibimos una invitación concreta para este tiempo: “La Pascua nos invita a ser personas cuya presencia sea hogar, red de cuidado, alivio.”
Ser presencia que cuida y reconcilia
El Espíritu nos transforma para que también nosotros podamos ser presencia que acompaña. En un mundo marcado por heridas, divisiones y soledades, estamos llamados a ser signo de algo distinto: lugar de acogida, de cuidado, de reconciliación.
Ser “hogar” para otros es ofrecer escucha, cercanía, paciencia.
Ser “red de cuidado” es sostener, acompañar, no dejar a nadie solo.
Ser “alivio” es llevar consuelo, perdón y paz allí donde más se necesita.
La Pascua nos impulsa a sanar relaciones, a dar el paso del perdón, a reconstruir vínculos rotos. No siempre es fácil, pero no caminamos solos: el Espíritu nos sostiene y nos guía.
Hoy más que nunca, el mundo necesita personas habitadas por este Amor que perdona y que hace nuevas todas las cosas.
Oración
Jesús resucitado, gracias porque nos ayudas a sanar relaciones y hacer posible la paz.
Ayúdanos a perdonar siempre.
Venga a nosotros tu paz.



