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Un pañuelo lleno de confianza… Para celebrar el día del P. Herranz

Jul 4, 2026 | Destacado, Hijas de Jesús

El legado silencioso del P. Herranz en los comienzos de las Hijas de Jesús

En la historia de los comienzos de las Hijas de Jesús hay nombres que, sin ocupar el primer plano, fueron decisivos para que el sueño de Dios pudiera abrirse camino. Uno de ellos es el del jesuita P. Miguel San José Herranz, a quien hoy recordamos con especial gratitud.

Su presencia junto a Santa Cándida no fue la de quien dirige una obra propia, sino la de quien sabe acompañar, escuchar, discernir y ayudar a otra persona a descubrir y realizar la voluntad de Dios. Facilitó incluso el aprendizaje del español a la joven Juana Josefa Cipitria y Barriola (que luego sería la Madre Cándida), cuando aún apenas conocía la lengua. Fue su acompañante espiritual en los momentos decisivos de su vocación; colaborador cercano en la redacción del estilo de vida y de las primeras Constituciones de la Congregación, inspiradas en las de la Compañía de Jesús. Fue quien la recibió en Salamanca aquel 6 de diciembre de 1871, quien presidió la celebración de la fundación de la congregación de las Hijas de Jesús el 8 de diciembre de 1871 y estuvo atento, cercano y presente a la congregación de alguna forma, hasta su muerte.

Su apoyo fue discreto, constante y profundamente evangélico.

Cuando acompañar también supone renunciar

Aquella ayuda no estuvo exenta de dificultades. En algunos ambientes no se veía con buenos ojos que un jesuita acompañara tan de cerca el nacimiento de una congregación femenina. Las propias Constituciones de la Compañía aconsejaban no asumir ordinariamente la dirección espiritual de comunidades de religiosas, precisamente para preservar la disponibilidad universal de los jesuitas.

En 1872, el nuevo provincial decidió destinar al P. Herranz a Galicia, alejándolo de Salamanca cuando todavía se estaban redactando las Constituciones y la naciente Congregación daba sus primeros pasos.

El relato conservado por la tradición recoge un momento profundamente conmovedor: el dolor de la despedida, la aceptación obediente del envío por parte del P. Herranz y la fortaleza con la que Santa Cándida animó a sus primeras compañeras a seguir adelante, convencida de que «Dios es nuestro Padre y no nos abandonará».

La misión continuaba, aunque cambiara la forma de acompañarla.

Una lección de abandono y libertad interior

La orden de trasladarse a Galicia llegó de forma inesperada. El P. Herranz no discutió el destino ni buscó retrasarlo. Convencido de que debía cumplir inmediatamente lo que se le pedía, acudió a despedirse de la comunidad mientras un hermano gestionaba ya los billetes para partir aquella misma tarde.

Sin embargo, Santa Cándida sintió con claridad que Dios todavía tenía un último regalo para la naciente Congregación. Estaba convencida de que el P. Herranz no debía marcharse sin imponer el hábito a las primeras Hijas de Jesús que se preparaban para dar ese paso. Y así ocurrió: los billetes no pudieron conseguirse aquel día y la celebración pudo realizarse antes de su partida.

Al recordar aquel momento, la Madre Cándida no pone el acento en el cambio de planes, sino en la actitud interior del P. Herranz. Escribe que «en el rostro siempre sereno del padre Herranz se reflejaba el dolor que la orden recibida le había causado, pero había en su voluntad una decisión resuelta de cumplirla sin demora». Aquella disponibilidad total fue para ella una verdadera escuela espiritual: «Recibí como regalo esta lección sublime y, con abandono y confianza, traté de vivir los hechos».

Durante los días previos a su marcha, el P. Herranz preparó con especial cuidado a las primeras hermanas. Las animó a vivir con gratitud la vocación recibida, a ser fieles al espíritu del nuevo Instituto y a cuidar, por encima de todo, la unidad entre ellas. Más que una despedida, fueron unos días de transmisión de un legado espiritual que seguiría acompañando a la Congregación mucho después de su partida.

Un pañuelo que guarda una historia

La distancia no puso fin a aquel acompañamiento.

Desde Galicia comenzó una intensa correspondencia entre el P. Herranz y la Madre Cándida. Más de doscientas cartas cruzaron durante años el camino entre ambos, ofreciendo consejo, luz, ánimo y discernimiento para una Congregación que seguía creciendo.

Aquellas cartas no eran un simple intercambio de noticias, sino que eran un verdadero espacio de acompañamiento espiritual y de búsqueda compartida de la voluntad de Dios.

Santa Cándida las conservaba cuidadosamente escondidas en un sencillo pañuelo que aún hoy custodiamos en el espacio expositivo de Roma, como una valiosa reliquia de nuestros orígenes.

Ese pañuelo habla de confianza, de fidelidad y también de la discreción con la que ambos supieron cuidar una relación que algunos no comprendían, pero que dio abundantes frutos para la Iglesia.

La audacia de buscar siempre la voluntad de Dios

La historia del P. Herranz y de Santa Cándida nos recuerda que las grandes obras nacen casi siempre de relaciones sencillas vividas con profundidad.

Nos habla de un acompañamiento que no genera dependencia, sino libertad; de una ayuda que impulsa a crecer; de una obediencia que no es resignación, sino disponibilidad para seguir la llamada de Dios incluso cuando los caminos cambian inesperadamente.

También nos habla de una santa que supo mantenerse fiel a la misión recibida, buscando con creatividad y prudencia los medios para continuar un discernimiento que consideraba esencial. Y de un jesuita que aceptó el envío con total disponibilidad, sin dejar por ello de sostener, desde la distancia y el silencio, la obra que había visto nacer.

Una herencia que sigue inspirándonos

Hoy damos gracias por la vida del P. Miguel Herranz y por el regalo de su presencia en los orígenes de nuestra Congregación.

Su modo de acompañar continúa inspirándonos a caminar junto a otros con respeto, escucha y discernimiento; a confiar en que Dios sigue escribiendo la historia incluso cuando los planes cambian; y a creer que las relaciones construidas desde el Evangelio dejan una huella mucho más profunda que cualquier protagonismo.

Sentimos que aquel viejo pañuelo conservó mucho más que unas cartas y significa mucho más que la función que tuvo; guarda la memoria de una amistad espiritual que ayudó a hacer posible el nacimiento de las Hijas de Jesús y que sigue recordándonos que la voluntad de Dios se descubre, muchas veces, caminando juntos.

Hijas de Jesús
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