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El Cuerpo de Cristo, el mejor regalo de Dios para Santa Cándida

Jun 6, 2026 | Hijas de Jesús, Iglesia, Liturgia - oración, Noticias

Hay hambres en nuestras vidas que nada ni nadie puede saciar, aunque vivamos como si así fuera: el dinero, el consumismo, la fama, el poder… ninguno de estos panes logra saciar plenamente el hambre del corazón humano. Juana Josefa Cipitria y Barriola, la Madre Cándida, lo descubrió desde niña: solo Jesús Eucaristía era capaz de saciar ese hambre. En el día de Corpus Christi, sus cartas nos invitan a preguntarnos qué hambres traemos hoy y a quién —o a qué— acudimos para saciarlas.

Un amor que comenzó desde niña

Desde sus primeros años, Juana Josefa sintió una atracción especial hacia la Eucaristía. Su primer encuentro con Jesús en el pan consagrado no apagó ese deseo, sino que lo encendió para siempre. Así lo recoge “Doble Vertiente”, de M. Anunciación Febrero Lorenzo, FI:

Jesús lleno de gracia y de verdad, Jesús bueno, Jesús del que dicen los evangelios que para recoger todas las gracias que hizo a los ciegos a los paralíticos a los tristes y a los pecadores hubiera necesitado libros y libros; este Jesús quiso a Juanitacho desde siempre. Y ella lo quiso con toda su alma desde que lo conoció. Pero en cuanto supo que estaba en la Eucaristía y que se quedaba en el corazón de los que comulgaban, le entraron unos locos deseos de comulgar. La primera comunión fue su gran ilusión.

Juana Josefa ha cumplido su deseo. Su alma ha quedado llena de Dios. La comunión es un manjar abundante y jugoso y su primera comunión le ha dejado tanta hambre de comulgar que aunque Don Luciano es excesivamente prudente y aunque por esos años no se permite la comunión diaria ni a las personas más piadosas, a ella le permite comulgar todos los días desde los doce años.

Aquella primera comunión le dejó tanta hambre de comulgar, que todas las comuniones de su larga vida no podrán saciarla, y el día de su última comunión, cuando le pregunten si quiere recibir al Señor por viático, ha de responder: «No una sino mil veces, si pudiera».

La Eucaristía en el centro de la Congregación

Ya adulta, el amor de la Madre Cándida a Jesús sacramentado se refleja en más de quince cartas conservadas. En ellas aparece no solo su devoción personal, sino también su empeño en transmitir ese amor a las alumnas de los colegios y a las hermanas de la Congregación.

Para celebrar este Corpus Christi 2026, nos detenemos en la primera y la última de estas cartas que expresan el amor a Jesús sacramentado, como un camino que recorre toda su vida en la fe eucarística.

Fe eucarística en la vulnerabilidad

Carta n.º 43 · A la Hna. Antonia Robles · Segovia, junio de 1893

Esta carta es autógrafa y fue escrita cuando la Madre Cándida se encontraba muy enferma. Desde esa fragilidad, el anhelo de comulgar no disminuye, sino que se hace más intenso. Comulgar, para ella, no era un gesto automático ni un cumplimiento devoto: era dejar que Jesús entrase en su historia, en su cuerpo débil, en su noche de fiebre. Era decirle: «Señor, entra en mis heridas, entra en mi cansancio, entra también en mis contradicciones.»

Su testimonio puede hablar directamente a quienes hoy atraviesan situaciones de enfermedad, cansancio o dificultad. Y también a quienes, en los momentos duros, sienten que la fe es lo único que queda en pie.

Mi muy amada hija Antonia Robles: (…) He pedido por Vd., aunque no puede comulgar el día de San Antonio. Como le decía a Vd. la M. Ángela, he tenido calentura, y tengo el pecho hecho una lástima de los parches que tuve que ponerme. Sea Dios bendito.

El martes de la semana pasada fuimos a Bernardos (…) Yo fui mal y vine peor; sea Dios bendito.

Esta carta la empecé ayer, pero no pude concluir. Vino el médico, y me dijo que tenía fiebre y que me fuera a acostar, pasé la noche regular y después de la misa me levanté y bajé a comulgar. Recibí en mi pecho, con todo mi corazón y el alma, el pan de los ángeles, la misma santidad y fortaleza, el santísimo Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, nuestra esperanza y todo nuestro amor. Amémosle, adorémosle, sea para siempre nuestro tesoro, y para siempre estará nuestro corazón con Jesús sacramentado. Así sea. Amén.

Me alegraría si pudiese estar en ésa el domingo tercero, para la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Hagan todo (aunque sé que lo hacen) con mucha devoción y grandeza; la fiesta del amante Corazón de Jesús pidan por mí, por toda la Congregación, para que se apruebe pronto la santa Regla.

No puedo más. Sabe la quiere muy santa su pobre madre, que la bendice, so recuerdos a las Hermanas y a esos señores, hde. sva. en Cto.,

— Cándida María de Jesús

Para la reflexión personal

  • ¿Cómo vivo la Eucaristía en los momentos difíciles?
  • ¿Qué sentido tiene para mí comulgar cuando estoy v?

La alegría del Santísimo en casa

Carta n.º 442 · A la Hna. Águeda Rey García · Salamanca, enero de 1912

Esta es la última carta en la que la Madre Cándida habla explícitamente de su amor a Jesús sacramentado. Fue escrita el mismo año de su muerte, y en ella aparece una noticia que la llena de gozo: las hermanas misioneras en Pirenópolis (Brasil) ya tienen el Santísimo en su capilla.

Esa presencia eucarística en cada casa de las Hijas de Jesús —sea colegio, comunidad o departamento— es para ella una de las grandes gracias de la Congregación. En cada una de esas casas, hay siempre una habitación reservada como capilla u oratorio en la que está Jesús sacramentado. Es una gran gracia. Esto es lo que expresa la Madre Cándida:

Las de Pirenópolis escriben muy contentas y animadas, que las aprecian mucho y ya tienen el Santísimo en casa; en fin, dan muy buenas noticias; bendito sea Dios por todo.

— Cándida María de Jesús

Pocas palabras, pero revelan lo que era esencial: allí donde hay una comunidad de Hijas de Jesús, está Jesús sacramentado. La capilla no es un espacio más, es el corazón de la casa.

Para la reflexión personal

  • ¿Qué significa para ti participar en la misa y comulgar en tu vida cotidiana?
  • ¿Qué es en tu vida «hacerse pan» para quien lo necesita?

Del altar a la vida: hacerse pan para los demás

La Eucaristía, ya sabemos, no termina en el momento de comulgar. Une el pan del altar con el pan de la mesa. Une el Cuerpo de Cristo con el cuerpo sufriente de los pobres, de los enfermos, de los solos, de quienes se sienten descartados. No podemos recibir el Cuerpo de Cristo y desentendernos del cuerpo herido de los hermanos.

Por eso, comulgar bien es también aprender a vivir eucarísticamente: partirse, entregarse, compartir, servir, consolar, acompañar. La Madre Cándida lo vivió así hasta el último día; hizo de su vida eucaristía para los demás.

Que el testimonio de la Madre Cándida y su intercesión nos ayuden a celebrar este Corpus Christi renovando nuestro amor a Jesús sacramentado, y a salir de la misa con más hambre de darlo todo.