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Las piernas y brazos del bien de Isa Solá rjm

septiembre 15, 2016

«Los ruiseñores sólo se dedican a cantar para alegrarnos. No estropean los frutos de los huertos, no anidan en los arcones del maíz, no hacen nada más que derramar su corazón. Por eso es pecado matar un ruiseñor». Harper Lee, Pulitzer en 1961

Hay personas que jamás deberían morir. Isabel tendría que haber sido inmortal. Los ángeles rubios que dedican su vida a mejorar el mundo empezando por los lugares más castigados, deberían ser eternos. Como el ruiseñor de Harper Lee, la misionera catalana Isabel Solá Matas derramaba su corazón delante de aquellos a los que la sociedad cosmopolita convierte en simples números. Los suyos eran más de 300. Niños y adultos haitianos a los que el terremoto que golpeó al país caribeño en 2010 dejó mutilados. Más de 300 a los que la monja Solá fabricó piernas. Con sus manos y un poco de yeso y plástico, montaba prótesis en un taller a las afueras de Puerto Príncipe.
Poder contar su historia es un regalo para cualquier periodista. Tiene luz y drama. Lo segundo ocurrió en el país donde el triunfo de la muerte es aplastante. Lo supimos el pasado 2 de septiembre cuando dos balas cortaron las alas de la misionera. Estaba en medio de un atasco conduciendo su viejo todoterreno blanco cuando dos hombres se acercaron a la ventanilla del coche y le metieron dos tiros. Después le robaron el bolso y desaparecieron entre la multitud de vehículos. Isabel murió en el acto. «Seguro que ya ha perdonado a sus asesinos. Isa era así», recuerda su amiga Marta Guitart, secretaria general de la congregación de las religiosas de Jesús María, a la que pertenecía la monja de 51 años, la pequeña de seis hermanos criados en una acomodada familia de Barcelona.
Poder contar su historia ahora es un fracaso. Es injusto dar voz a una heroína que ya no la tiene. La primera vez que la alzó en Haití fue en 2008. Antes lo había hecho durante 10 años en otro país castigado, esta vez en África, en Guinea Ecuatorial. Era uno de los 13.000 misioneros españoles repartidos por el mundo. En Guinea se enfrentó con su palabra al régimen de Teodoro Obiang. No soportaba la opresión e injusticia a la que el dictador guineano tenía sometido a su pueblo. Siempre se ponía al lado del más débil.
Como hizo nada más llegar a Haití. Se impuso como primer objetivo aprender la extraña lengua local del país, el criollo (mezcla de francés y dialectos africanos) usada sobre todo por la población más extremadamente humilde (el 70%). Isabel sabía que para relacionarse con los pobres era imprescindible hablar bien su idioma. El francés le bastaba para defenderse entre ricos y autoridades.
Su misión durante los dos primeros años fue recorrer con una ambulancia móvil los poblados más desolados del país para vacunar a los niños. La religiosa era enfermera. Terminó la carrera en Barcelona tras acabar el noviciado en Madrid. También estudió Magisterio y se licenció años después en Psicopedagogía. Por eso daba clases a los niños en Puerto Príncipe y formaba a los profesores.

Por @Lucasdelacal. Sigue leyendo en El Mundo

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