«Los santos son como los vitrales que dejan entrar la luz de Dios». Con esta imagen, el papa Francisco se dirigía a los fieles en el Ángelus de Todos los Santos de 2017. No son figuras perfectas, decía, sino personas atravesadas por Dios.
Cada vitral deja pasar la misma luz en una tonalidad distinta. Los santos son hermanos y hermanas que acogieron la luz de Dios en el corazón y la transmitieron al mundo, cada uno según su propio color. Lo que los une es que fueron transparentes, y lucharon por quitar las manchas y oscuridades del pecado para que esa luz pudiera pasar.
Hoy, 1 de noviembre, miramos los vitrales de nuestra propia casa.
Los colores que inspiraron a Santa Cándida
Cuando Juana Josefa (M. Cándida) fundó la congregación, no partió de cero. Había tres vitrales que ya la iluminaban.
- San Ignacio de Loyola, maestro del discernimiento y de los Ejercicios Espirituales, que enseñó a «buscar y hallar a Dios en todas las cosas». La espiritualidad ignaciana está en las raices de las Hijas de Jesús y de la familia Madre Cándida. .
- San Francisco Javier, el misionero incansable que se fue hasta el último confín. Su ardor apostólico sigue encendiendo el deseo de salir y de llevar a Jesús a quien más lo necesita.
- Santa Teresa de Ávila, mujer de oración y de apertura de caminos, que mostró que Dios se encuentra en lo cotidiano y que una mujer podía emprender cosas grandes por Él.
Tres vitrales que nos ayudan a dirigir la mirada a los tres más cercanos de nuestra familia carismática… .
Juana Josefa: una mujer humilde convertida en fundadora
Juana Josefa Cipitria y Barriola nació en Andoáin (Gipuzkoa) el 31 de mayo de 1845. Trabajó como empleada doméstica, y desde esa vida sencilla, experimentó la vocación a ser solo para Dios. Acompañada por el jesuita Miguel San José Herranz, el 8 de diciembre de 1871 nacieron en Salamanca las Hijas de Jesús, y ella tomó el nombre de Cándida María de Jesús. Desde el comienzo reunió a otras mujeres para educar a niñas y jóvenes “en los pueblos que fueren más necesitados de nuestras escuelas y donde se promoviera mayor provecho espiritual”.
Murió en Salamanca el 9 de agosto de 1912. Fue beatificada por Juan Pablo II en 1996 y canonizada por Benedicto XVI el 17 de octubre de 2010. Su apuesta por la educación de las niñas y el crecimiento de las mujeres, en una época en que muchas no tenían acceso a ella, sigue viva hoy en nuestras obras educativas y pastorales en tantos países.
Antoñita: la sencillez que se hizo entrega total
María Antonia Bandrés y Elósegui nació en Tolosa el 6 de marzo de 1898. Estudió en el colegio de San José, fundado por la Madre Cándida, donde la Madre Fundadora intuyó su camino y le dijo, según se recuerda: «Tú serás Hija de Jesús».
Antoñita vivió con alegría y una enorme sensibilidad. Amaba la sencillez y la humildad, se entregaba a los más necesitados y se esforzaba por hacer «lo ordinario extraordinariamente bien». Murió en Salamanca el 27 de abril de 1919, con solo 21 años. Juan Pablo II la beatificó junto a la M. Cándida el 12 de mayo de 1996. Hoy es patrona de las Hijas de Jesús en formación inicial y modelo para quienes viven la solidaridad en FASFI.
Vicenta: la portera humilde
Vicenta Guilarte Alonso nació en 1879 en un pueblo de Burgos. Quedó huérfana de padre y madre siendo muy joven y entró en la congregación para consagrar su vida a la educación de la juventud. Pasó buena parte de su vida en un servicio muy humilde, el de portera, desde el cual acogió y transformó la vida de muchas personas. Murió en Leopoldina (Brasil) el 6 de julio de 1960.
Su secreto fue encontrar la felicidad en hacer la voluntad de Dios en todo. El papa Francisco aprobó el decreto de sus virtudes heroicas el 20 de junio de 2024, y desde entonces es Venerable.
Los santos «de la puerta de al lado»
El papa Francisco decía que la fiesta de hoy no es solo de los santos del calendario, sino de «tantos hermanos y hermanas de la puerta de al lado», personas sencillas y escondidas que ayudan a Dios a llevar adelante el mundo.
En 150 años de historia, las Hijas de Jesús hemos conocido a muchos de ellos. Fueron hermanas que enseñaron, cuidaron, acompañaron y rezaron sin que nadie escribiera su nombre. También lo fueron laicas y laicos, educadores, familias, jóvenes, alumnas y alumnos, colaboradores y amigos que compartieron la misión en cada provincia y en cada país. Sin ellos y ellas, el vitral de nuestra congregación tendría huecos.
Es don y tarea que nos ayudemos a ser transparentes para que a través de nuestras vidas pase la luz de Dios. Que cada una de nosotras sea, en su sitio y con su color, un cristal por el que entre esa luz.
¡Feliz fiesta de Todos los Santos-as!



