Seguimos caminando en esta Semana Santa. Después de haber entrado con Jesús el Domingo de Ramos, de aprender a amar sin cálculo el lunes, de dejarnos transformar en la verdad del corazón el martes, de reconocer la llamada a reconstruir vínculos el miércoles y de descubrir ayer que amar es servir, hoy el camino nos lleva al silencio profundo de la cruz.
En la cruz contemplamos a un Dios que no abandona el sufrimiento humano. Jesús permanece fiel al amor incluso en la oscuridad. No huye, no se distancia, no deja solo al dolor.
También hoy, en nuestro mundo, muchas personas cargan cruces muy pesadas. Y en medio de ese sufrimiento, creemos que Dios sigue presente, que no se baja del dolor humano, que permanece cuidando incluso cuando todo parece perdido.
Hoy se nos invita a sostener la mirada, a no pasar de largo ante el sufrimiento, a permanecer.
Desde esta fe, volvemos al corazón de lo que somos: creer que Dios es el Padre que de todos cuida (CGXIX)
Y nos preguntamos:
¿Qué dolor del mundo quiero presentar hoy a Dios?
¿Qué cruces del mundo necesito mirar de frente, sin apartar la mirada?
Quizá el gesto de hoy sea sencillo y profundo: dedicar un momento a rezar por quienes sufren, poniendo nombre y rostro a tantas vidas heridas.
Y desde ahí, hacemos oración: Señor, enséñanos a cuidar la vida herida.



